Que tiemblen Edgar Allan Poe, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges... pues ya están aquí los "relatistas" del futuro.

Desde un rincón de Vallecas, derrochando creatividad mientras buscan su estilo, tengo a bien presentarles estas pequeñas joyas literarias. ¿Quién sabe si será el comienzo de algún gran escritor?

Mientras salimos de dudas estos jóvenes "cuentistas" continuarán sacándole punta al lápiz.
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viernes, 13 de junio de 2014

RIZOS DE ORO Y LOS TRES OSOS

 ¡Jamás debió ponerse en un estante
una bellaquería semejante!
¿Cómo una madre amante y responsable
puede dejar la historia detestable
de esta malvada niña entre las manos
de unos retoños cándidos y sanos?
Si de mí dependiera, Rizos de Oro
estaría entre rejas como un loro...

Imagínense ustedes qué gracioso
resulta hacer potaje para oso,
café y bollitos con su mermelada
y, con la mesa puesta y preparada,
que diga Papá Oso:

"¡Mil cornejas!
¡La sopa está que quema las orejas!
Vamos a darnos un paseo juntos
hasta que este potaje esté en su punto.
Además, caminar un buen ratito
nos abrirá mejor el apetito".

Ninguna ama de casa se opondría
a propuesta de tal sabiduría
-y menos con el genio singular
de un oso cuando es hora de almorzar.


Pues bien, en cuanto dejan la mansión
se cuela Rizos de Oro en el salón
y, cual reptil sinuoso y repelente,
lo curiosea todo soezmente.
Al punto ve el potaje apetitoso
que puso en los tres platos Mamá Oso
y, en menos tiempo del que aquí se cuenta,
sobre ellos se abalanza violenta.
Imagínense, insisto, qué faena,
después de preparar cosa tan buena,
que acabe en el estómago incivil
de alguna delincuente juvenil.
¡Y no acaba ahí la cosa!, lo mejor
viene a continuación de lo anterior.

Como mujer de hogar que usted se siente,
ha ido con todo amor, pacientemente,
coleccionando muchos trastos viejos:
un angelote manco, dos espejos,
tres sillas y un armario estilo imperio
comprados en subasta y, lo más serio,
una silla de niño isabelina
que un día heredó usted de su madrina.
Es esa silla orgullo, prez y gloria
de su querida casa y no hay historia
que usted no cuente de ella y se derrita
cuando la enseña ufana a las visitas.

Pues, como iba diciendo, Rizos de Oro
sin el menor recato ni decoro
coloca su trasero gordinflón
sobre la silla histórica en cuestión
y, como no le importa tres pepinos
el mobiliario estilo isabelino,
se carga en un segundo malhadado
de su salón el mueble más preciado.
Cualquier niña diría:

"¡Qué desgracia!
¡Merezco un buen castigo por mi audacia!".

Pero no Rizos de Oro que, al contrario,
exhibe su peor vocabulario:

"¡Maldito cachivache!" y otras cosas
que, de tan malsonantes y espantosas,
no puedo ni me atrevo a transcribir
ni creo que se deban imprimir.


Ustedes pensarán que aquí termina
su expedición fatal nuestra heroína...
Pues yo lo siento mucho, amigos míos,
pero no acaba aquí todo este lío.

La miserable quiere echar la siesta,
así que va a mirar dónde se acuesta.
Sube a los dormitorios de los osos,
compara qué edredón es más lanoso,
los prueba del derecho y del revés,
y se echa en el más blando de los tres.

Como sabéis, la gente de provecho
se suele descalzar cuando va al lecho,
pero con Rizos de Oro no hay enmienda
ni se le ocurre cosa que no ofenda.
Podéis imaginaros lo muy guarros
que estaban sus zapatos, cuánto barro
pestífero llevaban en las suelas.
Hasta algo que hizo un perro y, por que huela
tan sólo a tinta el libro, uno se calla...
Y, digo una vez más: ¿Es que no estalla
cualquiera a quien un monstruo dormilón
le ponga hecho una cuadra su edredón?


¿Os dais cuenta cabal de la cadena
de crímenes tramados por la nena?
_Crimen número uno_: la acusada
comete allanamiento de morada.
_Crimen número dos_: el personaje
se queda con tres platos de potaje.
_Crimen número tres_: la muy cochina
destroza una sillita isabelina.
_Crimen número cuatro_: la madama
se limpia los zapatos en la cama...
Un juez no dudaría ni un instante:
"¡Diez años de presidio a esa tunante!".
Pero en la historia, tal como se cuenta,
la miserable escapa tan contenta
mientras los niños gritan, encantados:

"¡Qué bien; Ricitos de Oro se ha
salvado!".



Yo, en cambio, le daría otro final
a un cuento tan infame y criminal:
"¡Papá! -grita el Osito-, estoy furioso.
No tengo sopa". "¡Vaya! -dice el Oso-.
Pues sube al dormitorio: está en la cama,
metida en la barriga de una dama,
así que no tendrás más solución
que dar cuenta del caldo y del tazón".


jueves, 8 de mayo de 2014

BLANCANIEVES

Cuando murió la madre de Blanquita
dijo su padre, el Rey: –es, por lo visto, un lío del

demonio para un Rey componer su
matrimonio–. Mandó anunciar en todos
los periódicos: 
y, muy metódico, recortó las respuestas
que en seguida llegaron a millones. Por fin
fue preferida a las demás la señorita

Obdulia Carrasclás, que trajo un
artefacto extraordinario comprado a
algún exótico anticuario: era un ESPEJO
MAGICO PARLANTE
con marco de latón,
limpio y brillante, que contestaba a
quien le plateara cualquier cuestión con
la verdad más clara.


Así, si, por
ejemplo, alguien quería saber qué iba a
cenar en ese día, el chisme le decía sin
tardar: El caso es que la Reina, que
Dios guarde, le preguntaba al trasto
cada tarde: Y el cachivache siempre:

La Reina repitió diez largos años la
estúpida pregunta y sin engaños le
contestó el Espejo, hasta que un día
Obdulia oyó al cacharro que decía:
su majestad se puso
furibunda, armó una impresionante
barahúnda y dijo: <<¡Yo me cargo a esa muchacha! 

¡La aplastaré como una cucaracha!
 ¡La despellejaré, la haré guisar y 

me la comeré para almorzar!>>.



Llamó a su Cazador al aposento y le
gritó: <<¡Cretino, escucha atento! 

Vas a llevarte al monte a la Princesa
 diciéndole que vais a buscar fresas y,
 cuando estéis allí, vas a matarla, 
desollarla muy bien, descuartizarla y, 
para terminar, traerme al instante

 su corazón caliente y palpitante>>.

El Cazador llevó a la criatura,
mintiéndole vilmente, ala espesura del
Bosque. La Princesa, que se olió la
torta, dijo: <<¡Espere! 

¿Qué he hecho yo para que usted me mate, 
señor mío? –el brazo y el cuchillo de aquél tío 
erizaban el pelo al mas pintado

– ¡Déjeme, por favor, no sea pesado!>>.

El Cazador, que era mala gente, se
derritió al mirar a la inocente.
<<¡Aléjate corriendo de mi vista, porque, 


si me lo pienso más, las lista…!>> la chica ya no estaba – ¡qué

iba a estar! – cuando el verdugo
terminó de hablar. Después fue el
hombre a ver al carnicero, pidió que le
sacara un buen cordero, compró media
docena de costillas amén del corazón y,
a pies juntillas, Obdulia tomó aquella
casquería por carne de Princesa.
<<¡Que mi tía se muera si he faltado vuestro encargo, 


Señora…! Se hace tarde… Yo me largo…, 
y se los engulló, la muy salvaje,
con un par de vasitos de brebaje.




¿Qué hacía la Princesa, mientras tanto?
Pues auto-stop para curar su espanto.
Volvió a la capital en un boleo y
consiguió muy pronto un buen empleo
de ama de llaves en el domicilio de siete
divertidos hombrecillos. Habían sido
jockeys de carreras y eran muy majos
todos, si no fuera por un vicio que en
sábados y fiestas les devoraba el coco:
atinaban un día, aquella noche no
cenaban…


Hasta que una mañana dijo Blanca:
<>.
Se fue Blanquita aquella misma noche
de nuevo en auto-stop –y en un buen
choche– hasta Palacio y, siendo chica
lista, cruzó los aposentos sin ser vista;
el Rey estaba absorto haciendo cuentas
en el Despacho Real y la sangrienta
Obdulia se encontraba en la cocina
comiendo pan con miel y margarina. La
joven pudo, pues, llegar al fin hasta el
dichoso Espejo Parlanchín, echárselo en
un saco y, de puntillas, volver sobre sus
pasos dos mil millas –que eso le
parecieron, pobrecita–.

¡Muchachos, aquí traigo una cosita que todo lo adivina sin error!

 ¿Queréis probar?

¡Sí, sí!, dijo el mayor:, le
contestó el Espejo roncamente…
¡Imaginad la euforia consiguiente!
Blanquita fue aclamada, agasajada,
despachurrada a besos y estrujada.






Luego corrieron todos los Enanos hasta
el local de apuestas más cercano y no
les quedó un mal maravedí que no fuera
a para a Rifífí: vendieron el Volkswagen,
empeñaron relojes y colchones, se
entramparon con una sucursal de la
Gran Banca para apostarlo todo a su
potranca. Después, en el hipódromo, se
vio que el Espejito no se equivocó, y ya
siempre los sábados y fiestas ganaron
los muchachos sus apuestas. Blanquita
tuvo parte de beneficios por ser la
emperatriz del artificio, y, en cuanto
corrió un poco el calendario, se hicieron
todos superbillonarios –de donde se
deduce que jugar no es mala cosa… si
se va a ganar.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

CAPERUCITA ROJA Y EL LOBO BOBO

Estando una mañana haciendo el bobo
le entró un hambre espantosa al Señor Lobo,
así que, para echarse algo a la muela,
se fue corriendo a casa de la Abuela.
“¿Puedo pasar, Señora?”, preguntó.
La pobre anciana, al verlo, se asustó
pensando: “¡Este me come de un bocado!”.

Y, claro, no se había equivocado:
se convirtió la Abuela en alimento
en menos tiempo del que aquí te cuento.
Lo malo es que era flaca y tan huesuda
que al Lobo no le fue de gran ayuda:
“Sigo teniendo un hambre aterradora…
¡Tendré que merendarme otra señora!”.

Y, al no encontrar ninguna en la nevera,
gruñó con impaciencia aquella fiera:
“¡Esperaré sentado hasta que vuelva
Caperucita Roja de la Selva!”

-que así llamaba al Bosque la alimaña,
creyéndose en Brasil y no en España-.
Y porque no se viera su fiereza,
se disfrazó de abuela con presteza,
se dio laca en las uñas y en el pelo,
se puso la gran falda gris de vuelo,
zapatos, sombrerito, una chaqueta
y se sentó en espera de la nieta.

Llegó por fin Caperucita a mediodía
y dijo: “¿Cómo estás, abuela mía?
Por cierto, ¡me impresionan tus orejas!”.

“Para mejor oírte, que las viejas
somos un poco sordas”. “¡Abuelita,
qué ojos tan grandes tienes!”. “Claro, hijita,
son las lentillas nuevas que me ha puesto
para que pueda verte Don Ernesto
el oculista”, dijo el animal

mirándola con gesto angelical
mientras se le ocurría que la chica
iba a saberle mil veces más rica
que el rancho precedente. De repente

Caperucita dijo: “¡Qué imponente
abrigo de piel llevas este invierno!”.


El Lobo, estupefacto, dijo: “¡Un cuerno!
O no sabes el cuento o tú me mientes:
¡Ahora te toca hablarme de mis dientes!
¿Me estás tomando el pelo…? Oye, mocosa,
te comeré ahora mismo y a otra cosa”.

Pero ella se sentó en un canapé
y se sacó un revólver del corsé,
con calma apuntó bien a la cabeza
y -¡pam!- allí cayó la buena pieza.

Al poco tiempo vi a Caperucita
cruzando por el Bosque… ¡Pobrecita!
¿Sabéis lo que llevaba la infeliz?
Pues nada menos que un sobrepelliz
que a mí me pareció de piel de un lobo
que estuvo una mañana haciendo el bobo.