Que tiemblen Edgar Allan Poe, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges... pues ya están aquí los "relatistas" del futuro.

Desde un rincón de Vallecas, derrochando creatividad mientras buscan su estilo, tengo a bien presentarles estas pequeñas joyas literarias. ¿Quién sabe si será el comienzo de algún gran escritor?

Mientras salimos de dudas estos jóvenes "cuentistas" continuarán sacándole punta al lápiz.
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martes, 17 de marzo de 2015

PINOCHO EL ASTUTO

Había una vez Pinocho. Pero no el del libro de Pinocho, otro. También era de madera, pero no era lo mismo. No le había hecho Gepeto, se hizo él solo.

También él decía mentiras, como el famoso muñeco, y cada vez que las decía se le alargaba la nariz a ojos vista, pero era otro Pinocho: tanto es así que cuando la nariz le crecía, en vez de asustarse, llorar, pedir ayuda al Hada, etcétera, cogía un cuchillo, o sierra, y se cortaba un buen trozo de nariz. Era de madera ¿no? así que no podía sentir dolor.

Y como decía muchas mentiras y aún más, en poco tiempo se encontró con la casa llena de pedazos de madera.

—Qué bien —dijo—, con toda esta madera vieja me hago muebles, me los hago y ahorro el gasto del carpintero.

Hábil desde luego lo era. Trabajando se hizo la cama, la mesa, el armario, las sillas, los estantes para los libros, un banco. Cuando estaba haciendo un soporte para colocar encima la televisión se quedó sin madera.

—Ya sé —dijo—, tengo que decir una mentira.

Corrió afuera y buscó a su hombre, venía trotando por la acera, un hombrecillo del campo, de esos que siempre llegan con retraso a coger el tren.

—Buenos días. ¿Sabe que tiene usted mucha suerte?

—¿Yo? ¿Por qué?

¡¿Todavía no se ha enterado?! Ha ganado, cien millones a la lotería, lo ha dicho la radio hace cinco minutos.

—¡No es posible!

—¡Cómo que no es posible...! Perdone ¿usted cómo se llama?

—Roberto Bislunghi.

—¿Lo ve? La radio ha dado su nombre, Roberto Bislunghi. ¿Y en qué trabaja?

—Vendo embutidos, cuadernos y bombillas en San Giorgio de Arriba.

—Entonces no cabe duda: es usted el ganador. Cien millones. Le felicito efusivamente...

—Gracias, gracias...

El señor Bislunghi no sabía si creérselo o no creérselo, pero estaba emocionadísimo y tuvo que entrar a un bar a beber un vaso de agua. Sólo después de haber bebido se acordó de que nunca había comprado billetes de lotería, así que tenía que tratarse de una equivocación. Pero ya Pinocho había vuelto a casa contento. La mentira le había alargado la nariz en la medida justa para hacer la última pata del soporte. Serró, clavó, cepilló ¡y terminado! Un soporte así, de comprarlo y pagarlo, habría costado sus buenas veinte mil liras. Un buen ahorro.

Cuando terminó de arreglar la casa, decidió dedicarse al comercio.

—Venderé madera y me haré rico.

Y, en efecto, era tan rápido para decir mentiras que en poco tiempo era dueño de un gran almacén con cien obreros trabajando y doce contables haciendo las cuentas. Se compró cuatro automóviles y dos autovías. Los autovías no le servían para ir de paseo sino para transportar la madera. La enviaba incluso al extranjero, a Francia y a Burlandia.

Y mentira va y mentira viene, la nariz no se cansaba de crecer. Pinocho, cada vez se hacía más rico. En su almacén ya trabajaban tres mil quinientos obreros y cuatrocientos veinte contables haciendo las cuentas.

Pero a fuerza de decir mentiras se le agotaba la fantasía, Para encontrar una nueva tenía que irse por ahí a escuchar las mentiras de los demás y copiarlas: las de los grandes y las de los chicos. Pero eran mentiras de poca monta y sólo hacían crecer la nariz unos cuantos centímetros de cada vez.

Entonces Pinocho se decidió a contratar a un «sugeridor» por un tanto al mes. El «sugeridor» pasaba ocho horas al día en su oficina pensando mentiras y escribiéndolas en hojas que luego entregaba al jefe:

—Diga que usted ha construido la cúpula de San Pedro.

—Diga que la ciudad de Forlimpopoli tiene ruedas y puede pasearse por el campo.

—Diga que ha ido al Polo Norte, ha hecho un agujero y ha salido en el Polo Sur.

El «sugeridor» ganaba bastante dinero, pero por la noche, a fuerza de inventar mentiras, le daba dolor de cabeza.

—Diga que el Monte Blanco es su tío.

—Que los elefantes no duermen ni tumbados ni de pie, sino apoyados sobre la trompa.

—Que el río Po está cansado de lanzarse al Adriático y quiere arrojarse al Océano Indico.

Pinocho, ahora que era rico y super rico, ya no se serraba solo la nariz: se lo hacían dos obreros especializados, con guantes blancos y con una sierra de oro. El patrón pagaba dos veces a estos obreros: una por el trabajo que hacían y otra para que no dijeran nada. De vez en cuando, cuando la jornada había sido especialmente fructífera, también les invitaba a un vaso de agua mineral.

martes, 21 de enero de 2014

LAS MONAS VIAJERAS

Un día las monas decidieron hacer un viaje de aprendizaje. Camina que camina, se pararon y una preguntó:

— ¿Qué es lo que se ve?

— La jaula de un león, el estanque de las focas y la casa de la jirafa.

— Qué grande es el mundo y qué instructivo es viajar.

Siguieron el camino y se pararon sólo al mediodía.

— ¿Qué es lo que se ve ahora?

— La casa de la jirafa, el estanque de las focas y la jaula del león.

— Qué extraño es el mundo y qué instructivo es viajar.

Se pusieron en marcha y se pararon sólo a la puesta del sol.

— ¿Qué hay para ver?

— La jaula del león, la casa de la jirafa y el estanque de las focas.

— Qué aburrido es el mundo: se ven siempre las mismas cosas. Y viajar no sirve precisamente para nada.

Claro: viajaban, viajaban, pero no habían salido de la jaula y no hacían más que dar vueltas en redondo como los caballos del tiovivo.

jueves, 5 de diciembre de 2013

EL SEMÁFORO AZUL

Una vez el semáforo que está en Milán, en la plaza de la Catedral, hizo algo extraño. Todas sus luces se tiñeron de azul, y la gente no sabía qué hacer.

— “¿Cruzamos o no cruzamos?

— ¿Nos quedamos o no?”

De todos sus círculos, en todas las direcciones, el semáforo difundía la insólita señal azul, de un azul que jamás tan azul había estado el cielo de Milán.

En espera de entender algo, los automovilistas echaban pestes y tocaban las bocinas, los motoristas hacían rugir las máquinas y los peatones más corpulentos gritaban:

— “¡Usted no sabe quién soy yo!”

Los más ocurrentes hacían chistes:

— “El color verde se lo habrá comido el alcalde, para hacerse un chalet en el campo.

— El rojo lo han usado para teñir los peces de los jardines.

— Con el amarillo, ¿saben qué hacen? Diluyen el aceite de oliva”.

Finalmente, llegó un fiscal y se puso en medio del cruce a dirigir el tráfico. Otro fiscal buscó la caja de empalme para reparar el daño y quitó la corriente. Antes de apagarse el semáforo azul alcanzó a pensar:

— “¡Pobrecitos! Yo había dado la señal de “vía libre” para el cielo. Si me hubiesen entendido, ahora todos sabrían volar. Pero quizás les ha faltado el valor”.


martes, 8 de octubre de 2013

EL TAMBORILERO MÁGICO (FINAL DE JENIFER)

PARA VER EL COMIENZO DEL CUENTO, HAY QUE CLICAR SOBRE LA ETIQUETA DE GIANI RODARI O EL TAMBORILERO Y BUSCAR EL TÍTULO EN EL QUE PONE "COMIENZO"

Cuando llegó a su casa le estaban esperando sus padres. Entonces el entró tocando el tambor, sus padres le habían comprado una flauta pero el dijo: ya tengo otra cosa mejor y comenzó a tocar. La mamá y el papá bailaban cuando el soldadito les dijo si le podían cambiar la flauta por otra cosa para su hermana Letizia. Luego juntos fueron por las calles a tocar para ganarse algunas monedillas. Les escuchó un cazatalentos y les dijo, a Letizia y al soldadito, que si querían participar en un musical. Lo consultaron a los padres y la madre dijo que sí muy contenta. Entonces le llamaron al teléfono y el director de orquesta dijo venid a mi despacho; fueron para que sus hijos cantaran, y tras un rato los padres firmaron el contrato.

Al día siguiente fueron a su primera orquesta; le pagaron mucho dinero (unos 2000 euros) porque su hermano y su hermana eran los mejores cantantes del país. Finalmente terminaron en EEUU. Fue un éxito.

martes, 1 de octubre de 2013

EL TAMBORILERO MÁGICO (FINAL DE ADRIÁN MORENO)

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Volviendo a su casa se encontró con una persona que estaba triste porque no sabía bailar y el soldadito le quiso ayudar. Entonces, dadas sus buenas intenciones le dio dos monedas y el soldadito siguió su camino. Más tarde se encontró con otra batalla, al entrar, le ofrecieron armas pero decía: ´´No quiero ningún arma con mi tambor me vale. ``

Al tocarlo, los militares, pudieron arrestar a los enemigos y le dieron 50 monedas, estaba tan contento que se puso a cantar, y lo que cantaba era: ´´a una anciana ayudé y 2 monedas me llevé, en una batalla me metí y 50 monedas son para mí``

Y al soldadito le siguieron ocurriendo cosas y le siguieron dando monedas hasta… que se encontró a la misma anciana del principio y le dio todas las monedas que tenía.

jueves, 17 de enero de 2013

EL TAMBORILERO MÁGICO (CUARTO FINAL)

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Andando y andando... Mientras anda, el tamborilero piensa: extraño encantamiento y extraño tambor. Me gustaría mucho saber cómo funciona el encantamiento. Mira los palillos, los vuelve por todos lados: parecen dos palitos de madera normales.
—¡A lo mejor el secreto está dentro, bajo la piel del tambor!
El soldadito hace un agujerito en la piel con el cuchillo.
—Echaré un vistazo —dice. Dentro no hay nada de nada.
—Paciencia, me conformaré con el tambor como es.


Y reemprende su camino, batiendo alegremente los palillos. Pero ahora ya no bailan al son del tambor las liebres, las ardillas ni los pájaros en las ramas. Las lechuzas no se despiertan.
—Barabán, barabán...
El sonido parece el mismo, pero el hechizo ya no funciona.
¿Vais a creerlo? El tamborilero está más contento así.

jueves, 10 de enero de 2013

EL TAMBORILERO MÁGICO (TERCER FINAL)

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Andando y andando, el tamborilero ve a un cazador a punto de disparar a un tordo.
Barabán, barabán...
el cazador deja caer la carabina y empieza a bailar. El tordo escapa.
—¡Desgraciado! ¡Me las pagarás!
—Mientras tanto, baila. Y si quieres hacerme caso, no vuelvas a disparar a los pajaritos. Andando y andando, ve a un campesino que golpea a su burro.
—¡Baila!
—¡Socorro!
—¡Baila! Solamente dejaré de tocar si me juras que nunca volverás a pegar a tu burro.
—¡Lo juro! Andando y andando, el generoso soldadito echa mano de su tambor siempre que se trata de impedir un acto de prepotencia, una injusticia, un abuso. Y encuentra tantas arbitrariedades que nunca consigue llegar a casa. Pero de todas formas está contento y piensa: «Mi casa estará donde pueda hacer el bien con mi tambor».


lunes, 7 de enero de 2013

EL TAMBORILERO MÁGICO (SEGUNDO FINAL)

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Andando y andando el tamborilero empieza a pensar: «Este hechizo hará mi fortuna. En el fondo he sido estúpido con aquellos bandidos. Podía haber hecho que me entregaran su dinero. Casi casi, vuelvo a buscarlos...»Y ya daba la vuelta para volver sobre sus pasos cuando vio aparecer una diligencia al final del sendero.
—He ahí algo que me viene bien. Los caballos, al trotar, hacían tintinear los cascabeles. El cochero, en el pescante, silbaba alegremente una canción. Junto a él iba sentado un policía armado.
—Salud, tamborilero, ¿quieres subir?
—No, estoy bien aquí.
—Entonces apártate del camino porque tenemos que pasar.
—Un momento. Echad primero un bailecito.
Barabán, barabán...


El tambor empieza a redoblar. Los caballos se ponen a bailar. El cochero se tira de un salto y se lanza a menear las piernas. Baila el policía, dejando caer el fusil. Bailan los pasajeros. Hay que aclarar que aquella diligencia transportaba el oro de un banco. Tres cajas repletas de oro. Serían unos trescientos kilos. El tamborilero, mientras seguía tocando el tambor con una mano, con la otra hace caer las cajas en el sendero y las empuja tras un arbusto con los pies.
—¡Bailad! ¡Bailad!
—¡Basta ya! ¡No podemos más!
—Entonces marchaos a toda velocidad, y sin mirar hacia atrás...La diligencia vuelve a ponerse en camino sin su preciosa carga.
Y hete aquí al tamborilero millonario... Ahora puede construirse un chalet, vivir de las rentas, casarse con la hija de un comendador. Y cuando necesite dinero, no tiene que ir al banco: le basta su tambor.

lunes, 17 de diciembre de 2012

EL TAMBORILERO MÁGICO (PRIMER FINAL)

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Andando y andando... De repente salieron tres bandidos del bosque.
— ¡La bolsa o la vida!
— ¡Por amor de Dios! ¡Adelante! Tomen la bolsa. ¡Pero les advierto que está vacía!
— ¡Manos arriba o eres hombre muerto!
— Obedezco, obedezco, señores bandidos.
— ¿Dónde tienes el dinero?
— Lo que es por mí, lo tendría hasta en el sombrero.
— Los bandidos miran en el sombrero: no hay nada.
— Por mí lo tendría hasta en la oreja.
— Miran en la oreja: nada de nada.
— Os digo que lo tendría incluso en la punta de la nariz, si tuviera.
— Los bandidos miran, buscan, hurgan. Naturalmente no encuentran ni siquiera una moneda.
—Eres un desarrapado —dice el jefe de los bandidos—. Paciencia. Nos llevaremos el tambor para tocar un poco.
—Tomadlo —suspira el soldadito—; siento separarme de él porque me ha hecho compañía durante muchos años. Pero si realmente lo queréis...
—Lo queremos.
—¿Me dejaréis tocar un poquito antes de llevároslo? Así os enseño cómo se hace ¿eh?
—Pues claro, toca un poco.
—Eso, eso —dijo el tamborilero—, yo toco y vosotros bailáis.


lunes, 10 de diciembre de 2012

EL TAMBORILERO MÁGICO (COMIENZO)

Érase una vez un tamborilero que volvía de la guerra. Era pobre, sólo tenía el tambor, pero a pesar de ello estaba contento porque volvía a casa después de tantos años. Se le oía tocar desde lejos: barabán, barabán, barabán...
Andando y andando encontró a una viejecita.
— Buen soldadito, ¿me das una moneda?
— Abuelita, si tuviese, te daría dos, incluso una docena. Pero no tengo.
— ¿Estás seguro?—He rebuscado en los bolsillos durante toda la mañana y no he encontrado nada.
— Mira otra vez, mira bien.
— ¿En los bolsillos? Miraré para darte gusto. Pero estoy seguro de que... ¡Vaya! ¿Qué es esto?
— Una moneda. ¿Has visto cómo tenías?
— Te juro que no lo sabía. ¡Qué maravilla! Toma, te la doy de buena gana porque debes necesitarla más que yo.
— Gracias, soldadito —dijo la viejecita—, y yo te daré algo a cambio.
— ¿En serio? Pero no quiero nada.
— Sí, quiero darte un pequeño encantamiento. Será éste: siempre que tu tambor redoble todos tendrán que bailar.
— Gracias, abuelita. Es un encantamiento verdaderamente maravilloso.
— Espera, no he terminado: todos bailarán y no podrán pararse si tu no dejas de tocar.
— ¡Magnífico! Aún no sé lo que haré con este encantamiento pero me parece qué me será útil.
— Te será utilísimo.
— Adiós, soldadito.
— Adiós, abuelita.
Y el soldadito reemprendió el camino para regresar a casa...



CONTINUARÁ...

lunes, 19 de noviembre de 2012

UNO Y SIETE

He conocido un niño que tenía siete años. Vivía en Roma, se llamaba Paolo, y su padre era un tranviario. Pero vivía también en París, se llamaba Jean, y su padre trabajaba en una fábrica de automóviles.

Pero vivía también en Berlín, y allá arriba se llamaba Kart, y su padre era un profesor de violonchelo.

Pero vivía también en Moscú, se llamaba Yuri, como Gagarin, y su padre era albañil y estudiaba matemáticas. Pero vivía también en Nueva York, se llamaba Jimmy, y su padre tenía una gasolinera.

¿Cuántos he dicho ya? Cinco. Me faltan dos:

Uno se llamaba Ciú, vivía en Shanghái y su padre era un pescador; el último se llamaba Pablo, vivía en Buenos Aires, y su padre era escalador.

Paolo, Jean, Kart, Yuri, Jimmy, Ciú y Pablo eran siete pero siempre el mismo niño que tenía ocho años, sabía ya leer y escribir y andaba en bicicleta sin apoyar las manos en el manillar. Paolo era triguero, Jean era blanco y Kart, castaño, pero eran el mismo niño. Yuri tenía la piel blanca, Ciú la tenía amarilla, pero eran el mismo niño. Pablo iba al cine en español y Jimmy en inglés, pero eran el mismo niño, y reían en el mismo idioma.

Ahora han crecido los siete, y no podrán hacerse la guerra, porque los siete son una sola persona.



miércoles, 26 de septiembre de 2012

UN SEÑOR MADURO CON UNA ORJEA VERDE

Un día, en el expreso Soria- Monteverde,
Vi subir a un hombre con una oreja verde
Ya joven no era, sino maduro parecía
Salvo la oreja, que verde seguía
Me cambié de sitio para estar a su lado
Y observar el fenómeno bien mirado
Le dije: Señor, usted tiene ya cierta edad;
Dígame, esa oreja verde, ¿le es de alguna utilidad?
Me contestó amablemente: yo ya soy persona vieja,
Pues de joven sólo tengo esta oreja
Es una oreja de niño que me sirve para oír
Cosas que los adultos nunca se paran a sentir:
Oigo lo que los árboles dicen, los pájaros que cantan,
Las piedras, los ríos y las nubes que pasan;
Oigo también a los niños cuando cuentan cosas
Que a una oreja madura parecerían misteriosas...
Así habló el señor de la oreja verde
Aquel día, en el expreso Soria-Monteverde.




lunes, 30 de julio de 2012

CAPERUCITA ROJA


- ¡No Roja!
-¡AH!, sí, Caperucita Roja. Su mamá la llamó y le dijo: "Escucha Caperucita Verde..."
- ¡Que no, Roja!
- ¡AH!, sí, Roja. "Ve a casa de tía Diomira a llevarle esta piel de patata."
- No: "Ve a casa de la abuelita a llevarle este pastel".
- Bien. La niña se fue al bosque y se encontró a una jirafa.
- ¡Qué lío! Se encontró al lobo, no a una jirafa.
- Y el lobo le preguntó: "Cuántas son seis por ocho?"
- ¡Qué va! El lobo le preguntó: "¿Adónde vas?".
- Tienes razón. Y Caperucita Negra respondió...
- ¡Era Caperucita Roja, Roja, Roja!
- Sí y respondió: "Voy al mercado a comprar salsa de tomate".
- ¡Qué va!: "Voy a casa de la abuelita, que está enferma, pero no recuerdo el camino".
- Exacto. Y el caballo dijo...
- ¿Qué caballo? Era un lobo
- Seguro. Y dijo: "Toma el tranvía número setenta y cinco, baja en la plaza de la Catedral, tuerce a la derecha, y encontrarás tres peldaños y una moneda en el suelo; deja los tres peldaños, recoge la moneda y cómprate un chicle".
- Tú no sabes explicar cuentos en absoluto, abuelo. Los enredas todos. Pero no importa, ¿me compras un chicle?
- Bueno: toma la moneda.
Y el abuelo siguió leyendo el periódico.