Que tiemblen Edgar Allan Poe, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges... pues ya están aquí los "relatistas" del futuro.

Desde un rincón de Vallecas, derrochando creatividad mientras buscan su estilo, tengo a bien presentarles estas pequeñas joyas literarias. ¿Quién sabe si será el comienzo de algún gran escritor?

Mientras salimos de dudas estos jóvenes "cuentistas" continuarán sacándole punta al lápiz.

jueves, 18 de diciembre de 2014

LA MARIONETA (JOHNNY WELCH)

Si por un instante Dios se olvidara
de que soy una marioneta de trapo
y me regalara un trozo de vida,
posiblemente no diría todo lo que pienso,
pero en definitiva pensaría todo lo que digo. 

Daría valor a las cosas, no por lo que valen,
sino por lo que significan.
Dormiría poco, soñaría más,
entiendo que por cada minuto que cerramos los ojos,
perdemos sesenta segundos de luz. 

Andaría cuando los demás se detienen,
Despertaría cuando los demás duermen.
Escucharía cuando los demás hablan,
y cómo disfrutaría de un buen helado de chocolate. 

Si Dios me obsequiara un trozo de vida,
Vestiría sencillo, me tiraría de bruces al sol, 
dejando descubierto, no solamente mi cuerpo sino mi alma. 
Dios mío, si yo tuviera un corazón,
escribiría mi odio sobre hielo,
y esperaría a que saliera el sol. 

Pintaría con un sueño de Van Gogh
sobre las estrellas un poema de Benedetti,
y una canción de Serrat sería la serenata
que les ofrecería a la luna. 

Regaría con lágrimas las rosas, 
para sentir el dolor de sus espinas,
y el encarnado beso de sus pétalo...
Dios mío, si yo tuviera un trozo de vida... 

No dejaría pasar un solo día 
sin decirle a la gente que quiero, que la quiero.
Convencería a cada mujer u hombre de que son mis favoritos 
y viviría enamorado del amor. 



A los hombres les probaría cuán equivocados están,
al pensar que dejan de enamorarse cuando envejecen,
sin saber que envejecen cuando dejan de enamorarse.
A un niño le daría alas,
pero le dejaría que él solo aprendiese a volar. 

A los viejos les enseñaría que la muerte
no llega con la vejez sino con el olvido.
Tantas cosas he aprendido de ustedes, los hombres
He aprendido que todo el mundo quiere vivir
en la cima de la montaña,
Sin saber que la verdadera felicidad está
en la forma de subir la escarpada. 

He aprendido que cuando un recién nacido
aprieta con su pequeño puño,
por vez primera, el dedo de su padre,
lo tiene atrapado por siempre. 

He aprendido que un hombre
sólo tiene derecho a mirar a otro hacia abajo,
cuando ha de ayudarle a levantarse.
Son tantas cosas las que he podido aprender de ustedes,
pero realmente de mucho no habrán de servir,
porque cuando me guarden dentro de esa maleta,
infelizmente me estaré muriendo.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

EL CHANCHULLO (EJEMPLO PARA QUE LOS NIÑOS ENTENDIERAN LA ACTIVIDAD)

― ¿Y a ti que te parece?, me preguntó mi compañero
― ¿A mí?... Me da igual.

Si el alcalde quería gastarse ese dinero, pues perfecto, mientras no me subiese más los impuestos ni cerrase el centro de día donde llevaba a mi padre. Es más, tampoco me importaba si al final de ese dinero se llevaba parte, o incluso si todo era un invento para repartirse las ganancias. Porque la verdad, darle tanta pasta a alguien por acabar con una simple plaga de ratones no era muy creíble, y menos si el tipo lo único que hacía era tocar la flauta. A mí me sonaba a tangana, a pufo, a repartirse el pastel. Esto para ti y esto para mí. Compadre, que buen negocio hemos hecho a costa del contribuyente. Por mi parte, vía libre, no iba a protestar por otra de tantas.

Al día siguiente, el perroflauta, sin perro, salió del ayuntamiento con gesto cabizbajo y un punto de cabreo. Yo estaba disfrutando de una taza de café a la entrada del ayuntamiento. El hippie se paró a mi lado y comenzó a liarse un cigarrillo.

― Hay que joderse, vaya alcalde sinvergüenza que tenéis.

Miré a mi alrededor buscando a mi compañero, pero sólo estábamos él y yo.

― Mentiroso y ladrón.

Me hice el sordo y cerré los ojos, simulando disfrutar con el calor del sol que entraba por la puerta acristalada.

― Me prometió mil y me ha dado cien.
― Yo soy bedel. No me pagan por opinar ―respondí con una sonrisa.

El hippie me miró con desagrado. Terminó de liarse el cigarrillo, se acercó a la puerta automática y se fue sin haberse deshecho de la rabia que traía. Siempre he creído que a la gente hay que ponerla en su lugar, que no se puede permitir que un mangante venga a darte lecciones de moralidad. Si haces negocios con un ladrón, ya sabes a lo que te expones. Y cada cual a lo suyo, que no hay nada peor que meterse donde no te llaman. Si ves las barbas del vecino cortar cierra la puerta, que un corte de pelo es algo muy íntimo.

El día siguiente se levantó tranquilo. De hecho, más de lo habitual. Un extraño silencio me acompañó de camino al trabajo, hasta que entré por la puerta. A partir de ese momento comenzaron a entrar y salir personas, solas, en grupo, furiosas, cabizbajas. Un coche de la policía paró en la puerta y el alcalde se pasó la mañana en una continua sucesión de reuniones, esta vez, auténticas. Y yo, pasé de la habitual mañana rutinaria a un incesante pulular de despacho en despacho. Tráigame esto, llévese aquello. Acompañe a esta señora, avise a don tal. El regidor no está para nadie. Como para estarlo. La multitud se agolpaba en la plaza, frente a la puerta, con un griterío de mil demonios: queremos una solución, si no hay solución alcalde dimisión, y nuestros hijos ¿dónde están? A primera hora de la tarde el alcalde volvió a hacer aparición y anunció que pagaría más de lo acordado si todos los niños volvían sanos y salvos a casa. No habría más acciones al respecto. Un pacto entre caballeros, creo que llegó a decir.

Por mi parte, no sabía de qué niños hablaba ni me importaba. No es que le desee el mal a nadie, mi menos a unos jóvenes que, si bien tarde o temprano acabarían delinquiendo o cuanto menos molestando, nada me habían hecho, pero la paz que había podido vislumbrar aquella mañana bien se merecía un análisis más detallado de los pros y contras de la decisión. Pero no hubo posibilidad. Los jóvenes aparecieron en procesión, alegres y sonrientes. El perroflauta a la cabeza. El ruido volvió a las calles y con él la tranquilidad de la rutina. Pude tomarme el café de la mañana siguiente con total placidez y disfrutar del aperitivo en el bar de enfrente.

― Espero que lo comprenda. Es una decisión difícil que nos ha costado tomar. Pero todo este desaguisado… Y más en la época tan complicada que atravesamos. Las arcas del consistorio ya andaban muy justas, y con lo ocurrido…

El chorizo de la tapa se me atragantó. De patitas en la calle y con cuatro duros de finiquito. Contrato por obra y servicio: se acaba el servicio, se acaba el contrato. Y vete a reclamar al sursuncorda, que esto es lo que hay. Lentejas. Vete buscando otra cosa que aquí está todo el pescado vendido. Sin más. Y eso es lo que hice: me apunté a clases de música. ¿Instrumento? La flauta.


martes, 16 de diciembre de 2014

LA COMBA

Las dos niñas cantaban abrazadas por la cintura mientras buscaban alguien más que quisiera apuntarse a jugar junto a ellas.

-¿Quién quiere jugaaarrrr a saltar a la cooombaaaa…???.....
-¿Quién quiere jugaaarrrr con nosotrassss….???....

Era una agradable tarde primaveral, hora punta de salida de los colegios y por lo tanto el parque, como cada día, se convertía en un hervidero de gentes variopintas que iban y venían.

Timbres de bicicletas, el ruido de ruedas de patines y monopatines, el balanceo de columpios y los gritos de los niños corriendo y jugando, eran los sonidos inconfundibles que lo llenaban de vida cada tarde.

La pequeña jugaba con su cochecito de muñecas, sus manitas arreglaban el vestidito al diminuto muñeco, para después colocarlo amorosamente en el carrito, y así continuar su paseo.

Llamó su atención la cancioncilla que cantaban las dos niñas y su vestimenta. Las vio aproximarse con sus vestidos de amplias faldas con enaguas, que les llegaban hasta los tobillos y unos enormes lazos que recogían sus cabellos con coletas. La miraban fijamente mientras iban canturreando…

-¿Quién quiere jugaaarrrr a saltar a la cooombaaaa…???...
-¿Quién quiere jugaaarrrr con nosotrassss…???...

Los sonidos de la tarde fueron desvaneciéndose hasta quedar anulados por las voces blancas de las pequeñas, que la fueron envolviendo arrinconándola hasta el borde de la acera. Notó como la empujaban debajo de las ruedas del coche, que fue incapaz de frenar a tiempo, y a continuación, sólo pudo sentir un deseo irrefrenable de jugar a la comba.